Cuando la vida comienza, lo hace a partir de una pequeña célula: un óvulo, un espermatozoide... o una semilla.
¡Qué maravilloso es el hecho de que, desde una pequeñísima semilla, crece un gran árbol!
¿Nunca te has preguntado la cantidad de nutrientes y elementos que necesita la minúscula simiente para crecer y convertirse en un fornido roble? ¡El maravilloso milagro de la vida!
Y entonces, de lo blando y vulnerable, nace un tronco fuerte, rugoso, áspero, con ramas flexibles y resistentes, miles de hojas verdes, hermosas flores y coloridos frutos, dentro de los cuales dormitan más semillas listas para sumergirse en la preciada tierra y... ¡Crecer!
Igual nos sucede a los humanos, empezamos siendo una semillita aferrada al fértil vientre de nuestra madre, nutriéndonos de ella, y aún después de nacer y formar parte del mundo exterior, continuamos inmersos en ese proceso de alimentación, el cual no solo se refiere a los alimentos (comida), sino también a todo el proceso educativo y de formación personal que vamos desarrollando a lo largo de nuestra vida.
Para sustentar su enorme estructura vegetal, los árboles se mantiene adheridos al suelo a través de sus raíces, las cuales no solo utiliza para absorber los nutrientes necesarios para su crecimiento y sustento, sino que representan las base que los mantiene erguidos y firmes, de pie. Las personas, al igual que los árboles, también tenemos raíces: Nuestros principios, los cuales están representados por el conjunto de valores, creencias y normas a través de los cuales damos dirección y sentido a nuestra vida... Son todo aquello que tiene un valor inmenso para ti, aquello en lo que crees fervientemente y que consideras sagrado, puro e inalterable.
Constantemente te encuentras generando nuevas ideas, pensamientos diversos, nuevos gustos, opiniones múltiples... Pero hay, algo que difícilmente cambia, que se mantiene inmutable en esencia, y que debes proteger con recelo: Tus raíces, las bases que sostienen la estructura de tu personalidad, que debes mantener siempre sólidas e inquebrantables. Jamás debes permitir que otros accedan a ellas y consigan invadir o alterar la esencia de aquello que te identifica. No debes permitirte negociar tus principios bajo ningún pretexto, pues estarías anulándolos, afectando tu autenticidad, y con ello tu autoestima. Eres el único responsable de esa médula original, y su cuidado efectivo se materializa cuando nutres tu ser a nivel espiritual y mental así como cuando se riega una planta: Desde la raíz.
¿Qué tiene valor para ti? ¿En qué crees o en qué no crees? ¿Cuáles son tus prioridades? ¿Cuáles máximas aplicas en tu día a día para orientarte y darle sentido a tus actuaciones?
Cuida tus raíces, defiéndelas... Son tus cimientos, que eres fuerte madera, tronco que nace de la tierra y sube hacia el cielo proyectando firmes ramas, caminos que vas tejiendo de y adornando de verdes hojas, florenciendo... Para luego dar al mundo perfumados frutos, cargados de semillas que, así como tú lo hiciste al inicio, se cobijarán en la madre tierra y se unirán al ciclo de la vida.

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